EN EL DIA DE LOS
DIFUNTOS
Rolando Húbner
Marcos Picón
Los devotos llegaban al
camposanto junto con nosotros, ellos traían flores frescas, hermosas coronas,
unas velas para adornar la tumba de quiénes se fueron. Llegaban las familias y
nosotros preguntábamos después del saludo ¿Dónde está su familiar?, ¿señora, se
lo pinto la cruz ?, ¿se lo limpio la tumba?, ¿cultivo?, ¿le traigo agua?.

Cada año, el uno y dos de
noviembre nos reuniremos en el campo santo de Huallanca, para visitar a
nuestros seres queridos que partieron a otro mundo, seres que nunca volverán
pero que permanecerán en nuestro recuerdo; como todos los años les llevaremos
flores, adornaremos sus moradas con
coronas, pintaremos sus cruces, limpiaremos sus epitafios, contemplaremos sus
santos sueños, y con hermosos rezos, plegarias y cánticos, diremos sobre sus
tumbas frías dulces palabras, versos como benditas oraciones, y tal vez el
trinar de las aves bajo la sombra de los cipreses nos confirmen que nuestros difuntos si escucharon nuestros
rezos.

Y como si
nuestro oficio hubiera muerto también, detrás de estos rituales y sentimientos,
seguro muchos en el cementerio recuerdan con nostalgia a los chibolos pintores, los que limpiaban las
tumbas, a los que traían el agua, los
que vendían los envases de gaseosa cortadas por la mitad para que pongan las
flores, los que nos quedábamos en silencio escuchando las oraciones como “padre
nuestro que estás en los cielos…”, “y brille para él la luz eterna….” “yo tengo
un bello hogar más allá del sol en el cielo junto al padre eterno” a los que escuchaban entre murmullos.